Relato y Navidad

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Pues a nosotras nos entretenía. Esa frase me hizo reflexionar. ¿Era cierto que realmente podía escribir e interesar a alguien más que a mí? Durante algún tiempo había dejado de hacerlo. No estaba inspirada y creía que no valía la pena seguir haciéndolo. Al fin y al cabo si hasta hace poco la escritura era una novedad para mí, ¿por qué tenía que continuar?
Ah, ¿pero ya no escribes? me preguntaba asombrado un amigo que solo había leído un relato.

Así que me puse delante del ordenador. Miré para él. No puse título. Faltaban todavía tres semanas para las navidades. ¡Vaya otra vez la Navidad! Un rollo. ¡Puf! !No quiero ni pensarlo! Los regalos. Las comidas. ¡Si luego sobra un montón así que luego toca varios días comer de lo mismo! Eso no es tan grave. A mí me toca otra vez organizar la cena en mi casa, así que me paso cocinando desde el día anterior. ¡Cómo tu casa es más grande, me dicen! Yo te vendré a ayudar con los niños….. ¡Déjalo! no te preocupes, trae un postre. María, verás me es imposible llegar antes del 24. Mi jefe quiere que terminemos un trabajo. Pero llego para cenar….. ¡Y así año tras año!
Nosotros no cocinamos, pero la organización es terrible. ¡Somos dieciséis y al menos seis opinan sobre lo que hay que comprar para cenar! Y después de muchas discusiones aparecemos con comidas repetidas y falta el pan porque no queda claro quién tiene que hacer qué…. ¿Pero no quedaban dos botellas de vino de la última vez que nos reunimos? Pues ya está todo cerrado. ¡Espera! creo que la hay una tienda que abre hasta más tarde….. Faltan tres sillas. ¡Pero no quedaste tú en traerlas! Te puse un whatsapp diciéndote que había salido a comprar…. y que ya no podía volver a casa a por las sillas…. ¿Cómo habéis traído tanto turrón?

¡Y lo que se gasta en regalos! Bueno no es para tanto…¿pero vosotros cuántos os reunís? Cuatro. ¡Claro, nosotros somos diez! Pues en mi casa nos reunimos doce y solo recibimos un regalo del “amigo invisible”……¡Imposible! En mi familia piensan que para una vez al año que se regala….. Y así después de abrir los regalos se tiene el trabajo de ir a cambiarlos o dejarlos definitivamente olvidados en un armario.
Y al final cuando todos desaparecen de la casa familiar queda casi todo por recoger, aunque alguien antes de irse ya ha puesto un lavavajillas. Hay papeles y bolsas por el suelo ……

Pues a mí me gusta la Navidad. Todos se vuelven hacia ella como si fuese un extraterrestre. Yo es que paso la Navidad a mi manera y disfruto. ¿Pero cuántos os reunís? Pues mi marido, mis hijos y yo. ¡¡¡¡Ah!!!! dicen todos al unísono.

Y de nuevo delante del ordenador. La Navidad ya pasó. Con el tiempo te acostumbras o haces como varias parejas que conozco….. unas se van a Benidorm, otras a una casa rural, otras viajan al extranjero ….. sobre todo cuando saben que si se quedan ¡¡les va a tocar a ellas preparar todo en sus casas!!

¿Vivir o morir?

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Tengo 67 años y soy feliz.
Me sentía contenta y realizada con el trabajo que ejercía en la Fundación. Ésta se dedicaba a ayudar a gente sin recursos para que encontrase un empleo o montase un negocio. La ayuda era tanto educativa como monetaria. Aunque cada día veía a personas en situaciones muy complicadas siempre compensaba cuándo, al cabo de un tiempo, se podían valer por ellas mismas y no nos necesitaban. Pero pasaron los años y la situación social se complicó. Y me cogió mayor. Cada vez con más frecuencia tenía que recurrir a compañeros más jóvenes para que se hicieran cargo de los casos más complicados.
Mi marido era arquitecto. En sus últimos años de trabajo tenía un estudio en Madrid con  varios empleados. Viajaba mucho por motivos de trabajo. Se dedicaba fundamentalmente a la restauración de edificios históricos. Era encantador. Siempre bromeaba y encandilaba a la gente. Cuando iba con él, yo quedaba en segundo plano. Era él el que atraía la atención. Muchas veces me decía que le acompañara a algún viaje, que podía pedir algunos días a costa de las horas extraordinarias que hacía. Nunca lo hice. No quería dejar a las personas a las que estaba atendiendo en esos momentos o estaba muy cansada cuando el desplazamiento era en fin de semana. Me traía gran cantidad de fotos de los lugares que visitaba y nos imaginábamos en los diferentes países. Nos propusimos visitarlos cuando nos jubilásemos.
Y, de repente, todo cambió. Le diagnosticaron un cáncer de páncreas y murió en tres meses. Tenía 65 años y yo 64. El mundo se me vino abajo. Toda mi familia vivía fuera de Madrid. No teníamos hijos. Es cierto que todos mis compañeros me arroparon y me animaron a incorporarme enseguida al trabajo. Lo hice. Pero oír las penas de los demás me recordaban la mía, así que me colocaron en un puesto administrativo. Cumplí los 65 y me jubilé.
No tenía que hacer las labores de la casa puesto que siempre se encargaba de ella una empleada de hogar. Tampoco tenía problemas de dinero y físicamente estaba bastante bien. Mis amigos me recomendaron que no me encerrara en casa que hiciera distintas actividades como natación, yoga o taichi para mantenerme en forma física o como estudiar en la universidad que tantas veces les había comentado o como teatro, pintura, canto, etc. Empecé a mirar actividades. En julio no existía ninguna que tuviera continuidad.
Decidí irme a casa de mi hermano que vivía en Tenerife. Me había invitado varias veces pero solo había estado una vez y no me quedaron ganas de volver. No soportaba a mi cuñada ni ella a mí. No teníamos ningún punto en común, aunque aparentemente nos llevábamos bien. Ella era la típica ama de casa que se dedica a arreglarse y preocuparse hasta la histeria de sus hijos. Ahora sus hijos eran mayores. Solo quedaba uno en la casa, de 22 años, y lo tenía totalmente protegido y mimado. Aguanté dos semanas en su casa y, aún en el avión, oía la continua verborrea de mi cuñada.
De vuelta en casa  me dediqué a las labores “propias de mi sexo” porque hasta agosto no se incorporaba María. Después de comer enchufaba la televisión hasta la hora de irme a la cama. Me acordaba mucho de mi marido y de los viajes en los que no le acompañé. Me sentía culpable. Ahora ya no podíamos hacerlos y yo no quería viajar sin él. Llegó agosto y septiembre y no tenía ganas de hacer nada y tampoco tenía nada que hacer. Empecé a dormir mal. Le daba vueltas y vueltas a mi vida pasada y actual. Me despertaba a las dos o tres de la madrugada y por mucho que lo intentase no dormía. Acabé considerando pasar una muy buena noche si dormía entre cuatro y cinco horas. Me obligaba a dar un paseo por la mañana y, de paso, hacía algún recado. Todavía iba a la compra.
Por las tardes me quedaba sola. En septiembre ya no leía ni el periódico. Mis amigas me llamaban pero les ponía cualquier disculpa para no salir. Me quedaba en casa y para no dejar de hacer ejercicio paseaba por el pasillo para tener apetito. Me ponía delante de la comida y casi no podía comer. Llegó octubre y me apunté para hacer el primer curso de Historia en la UNED. También solicité las actividades de pintura y yoga en un centro sociocultural. No tuve suerte en el sorteo. Compré los libros de Historia del primer cuatrimestre. Llegué a leer varios capítulos hasta que lo dejé. Aquello no me atraía como antes.
En noviembre apenas dormía una o dos horas y estaba perdiendo mucho peso. Sentía una gran angustia. Pedí una cita en un psiquiatra para que me diera algo para poder dormir y quitarme la angustia. Fue él el que me dijo que tenía una gran depresión. Me recetó una pastilla para dormir y para que me quitara la angustia y un antidepresivo. El antidepresivo me daba náuseas. Me lo cambiaron por otro pero no sentía mejoría. En aquellos momentos no pensaba en nada. Solo quería dormir y no tener esa angustia. Además me empezó a costar trabajo tomar decisiones intrascendentes, como el que decir a María qué comida quería que me hiciera o qué comprar. Ir al supermercado y decidir si compraba filetes de pollo de una o de otra clase o si no los compraba me paralizaba. Me paralizaba cualquier toma de decisión por más pequeña que fuera. Empecé a decir a María que fuese ella a la compra. Me preguntaba qué era lo que yo quería que comprase. No me aclaraba, así que acababa por decidir ella.
Quería salir de esa situación y no sabía cómo. Tal vez, pensaba, podría pedir ayuda. ¿A quién? ¿A Montse la mejor amiga de la Fundación? ¿A un psicólogo desconocido? ¿A esa otra amiga? ¿A mi prima? ¿Realmente me serviría para algo la ayuda? Entré así en otro círculo vicioso del cuál no salía. Llegué a creer que me iba a morir. Hubo un día que no sé porqué me encontré mejor. Recordé a las personas con depresión que habían pedido ayuda a la Fundación. ¿Vivir o morir? me pregunté. Cogí el teléfono y llamé a Montse. Y le pedí ayuda. Esa fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida.
Montse es psicóloga. Se presentó en mi casa por la tarde y se asustó al verme. Casi no me reconocía. Yo habitualmente estaba siempre algo gordita. ¡Había perdido quince quilos en cuatro meses! Me ayudó a elegir qué ponerme y salí con ella de paseo. Organizó a las compañeras de la Fundación que estaban deseosas de ayudar. A partir de entonces no estuve nunca sola por las tardes. Me apuntaron a unas clases de taichi y de musicoterapia. Yo hacía con dificultad lo que me pedían. Al principio me iban a llevar y a recoger de las clases. Poco a poco fui perdiendo el miedo a hacer determinadas cosas. Y las pastillas, con una dosis bastante mayor, empezaron a hacer efecto.
Cuando miro hacia atrás no me puedo explicar cómo pude llegar a esa situación ni cómo salí de ella.
El caso es que salí y, cuándo lo hice, estaba eufórica. Estaba contenta todo el tiempo, hacía muchas y variadas cosas. Me apunté a la universidad de mayores, a un curso de inglés, a senderismo los fines de semana y, por supuesto, seguí con taichi y musicoterapia. Caía reventada en la cama pero feliz. Todo me parecía maravilloso. Montse me decía continuamente que bajara el ritmo y mi psiquiatra me empezó a quitar la medicación para evitar que cayera en un exceso de euforia.
Al cabo de un mes en todas estas actividades tuve que decidirme a dejar alguna. Dejé inglés y musicoterapia. Todavía seguía algo eufórica, pero ahora era capaz de parar y sentarme después de comer a ver un rato la televisión.

Tengo 67 años y …¡he elegido vivir! ¡Soy feliz! He conocido a mucha gente en todas las actividades. He hecho buenas amistades entre los compañeros de actividades. El senderismo nos gustaba mucho a mi marido y a mí. Ahora voy los sábados con un grupo amante de la naturaleza. Algunas veces se organizan rutas de más de un día…..
Perdonad, os tengo que dejar. Me vienen a buscar porque esta semana nos vamos a hacer el camino de Santiago desde Sarria.

En el balneario

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Sus ojos se llenan de lágrimas y te da las gracias cogiéndote de las manos. Y tú miras para ella y no sabes qué contestar.
Estás en un balneario. Fuiste con un grupo y sin acompañante.  Enseguida lo encontraste. ¡No solo vas tú a habitación individual!
Los responsables del hotel, conociendo la dinámica de los grupos, ya habían asignado habitación y hora de los tratamientos termales a cada persona. Y crees que no es casualidad que las habitaciones individuales estén juntas y que la hora a la que tienen que ir a los tratamientos también coincidan.
Y pasa lo inevitable. ¡Que te juntas con otra persona solitaria! Con la buena fortuna de que es la primera vez que va a un balneario y los dos primeros días que va de vacaciones en 14 años. ¡Y está deseando que tú tomes la iniciativa! Así que ¡tienes acompañante que no cuestiona y agradece todas tus decisiones!
Comienzas enseñándole cómo se utiliza la tarjeta para abrir la habitación y para cerrar la caja fuerte. Es pronto, así que te decides a utilizar la piscina. Pili te sigue. Nadas hacia un chorro de agua y sientes que te alivia el dolor de espalda. Miras a ver que hace ella y observas que no se ha movido de la entrada de la piscina. Te acercas y le haces observar que se hace pié en toda la piscina. Después del baño y antes de cenar te apetece leer un poco, pero Pili no se separa de ti y quiere conversación.

Al entrar en el comedor, a la hora de la cena, un camarero os dirige a una mesa inmensa a pesar de que hay muchas mesas libres. ¡Ahí empiezas a tener la conciencia de grupo!
Nosotras, las solitarias, nos sentamos en el único lado de la mesa no ocupado por nadie. Es la primera vez que te encuentras con ella. María tiene cabellos blancos y una expresión dulce y risueña. Está acompañada por su marido. Los dos están sentados en una esquina de la mesa formando una ele. Su hablar es pausado. Respiras tranquilidad cuando la oyes. Su marido es tímido pero se arranca a hablar cuando Pili le da conversación. Él es de los que apenas intervienen en un grupo, pero no para de conversar si establece un diálogo con otra persona.
En la otra esquina están sentadas una mujer mayor y otra más joven. Enseguida te enteras de que son madre e hija. La comida es tipo buffet. Observas que Francisca se levanta continuamente del asiento. Regresa con más comida. Miras los platos de madre e hija y están a rebosar. Al final cuando el camarero retira sus platos, observas que con lo que hay en ellos daría para cenar dos o tres personas más.
–Mañana ya habrán aprendido y cogerán menos comida –piensas equivocadamente. Al día siguiente y al otro se repite lo mismo. ¡Y ninguna de las dos está obesa!
–¡Han traído más comida! ¡Si no la cogemos se va a terminar! –nos hace observar Francisca un día sí y otro también. Su madre aguanta estoicamente que le ponga más.
–Francisca, ¿por qué no esperas a terminar antes de servirte más? –le dije un día.
– No puedo –fue su escueta respuesta.

Por la mañana nos encaminamos a los baños. No eliges. El personal te lleva a las salas correspondientes para las distintas técnicas termales. Decides no entrar en la sauna. Te da la sensación de que no vas a poder respirar. Cómo termináis pronto, os animáis a hacer una excursión por los alrededores. Una ruta de molinos. Sufres al ver a tu acompañante andando por senderos con zapatos de tacón.
–No he tenido tiempo de coger otros. Pero son muy cómodos. ¡No te preocupes!
Por la tarde vamos a la excursión programada, tú con botas de montaña y Pili con zapatos de tacón. Por la noche tenía reventados los pies.

Al día siguiente Pili ya se atreve a volar por su cuenta. Antes de llamar a su puerta, unos minutos antes de ir al tratamiento, oyes el ruido de la ducha. Esperas. Llamas cuando deja de sonar. No contesta. Insistes cada vez más fuerte por si no te oye. Nada. Me voy al tratamiento. La gente estaba esperando en la puerta a que abran. Abren. Pili no ha aparecido.
Te meten en la bañera de hidromasaje.  Salen unos chorros tan fuertes que enseguida te empieza a picar la espalda. A los pocos minutos no puedes resistir. ¡Y eso que el total eran diez minutos! Te llevan a las camas calientes que consiste en camas de piedra, con azulejos pequeños, en forma de tumbona y calentitas. ¡Veinte minutos! Un poco antes aparece Pili.
–¿Qué te ha pasado que llegaste tarde?
–No llegué tarde.
–Pues no te vi.
Le dices que la esperas en la piscina.
–Tengo que ir a la ducha de hidromasaje porque cuando llegué estaban todas ocupadas –me dice al encontrarme en la piscina. Me quedo totalmente asombrada pero no le contesto.
–¿Por qué te dijo antes que no llegó tarde si, aparte de que no estaba entre el grupo que entramos a nuestra hora, ahora te dice que estaban ocupadas las bañeras? –te preguntas.
–Además no puedo bañarme ahora en la piscina porque como ayer no hice una técnica la voy a hacer hoy –continúa.
Te quedas muda. ¡Pero si ayer las hicimos juntas!
–¿Has desayunado? –le pregunto para cambiar de tema.
–No. Ya tomaré algo luego en la cafetería.

No se une a la excursión matinal. ¡Le duelen mucho los pies! Sigo pensando en el motivo que tenía para mentirme. A ti te habría parecido de lo más natural que quisiera repetir técnicas. ¡Al fin y al cabo, no sabía el momento que podría hacer otra escapada! Su trabajo la tenía ocupada hasta sábados y domingos. ¿Cómo imaginaba que te lo ibas a tragar?
Te animas a hacer una caminata a la orilla del río por un sendero bien cuidado. Al poco rato te encuentras de regreso con María y su marido. Tienen que hacer las técnicas antes de comer. Charlamos un poco. Te dicen que el camino es precioso, pero que no han llegado al final de la ruta.
Ves a Pili a la hora de la comida. Ya solo la ves a las horas de las comidas.

Esa noche hay baile. Lo ha organizado la animadora del hotel. ¡Desde luego que ella es animadísima! Se nota que le encanta su trabajo.
Al bajar al salón, después de cenar, observas a todo el mundo peripuesto. ¡Ellas esperaban que hubiera alguna fiesta y lucían sus mejores trapitos! Te quedas perpleja. A ti solo se te ha ocurrido traer, aparte de unos zapatos normales, botas de montaña y ropa de sport.
Francisca no para de bailar. Primero ella sola. Luego saca al marido de María, a Pili y pretendía que tú bailaras. Te niegas. No te apetece y te sientes incapaz de seguir su acelerado ritmo. La música está demasiado fuerte. Decides hacer fotos para pasarlo bien. Haces fotos de parejas bailando y de grupos. Al final se las enseñas y si les gustan te ofreces a enviárselas por whatsapp. ¡Te asombras de que nadie lo tenga, excepto la animadora! Tienes que mandárselas a algún hijo que lo tenga.
Les enseño a María y a su marido dos fotos de ellos bailando una canción lenta. Les gustan mucho. María te mira agradecida. Les pido un teléfono con whatsapp y me dan el de su hija.
–Dile a mis padres que están estupendos –es la respuesta de su hija.
Y entonces los ojos de María se llenan de lágrimas y me coge de las manos y mirándote a los ojos repite sin cesar: gracias. Y tú miras para ella y no sabes qué contestar. ¡Y te sientes feliz por haber alegrado a algunas personas con una cosa tan sencilla como una foto!

Otra pausa

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Supongo que ya os habréis dado cuenta de que he publicado poco desde la última pausa. Intenté hacerlo pero el exceso de ocupaciones me lo ha impedido. Necesito estar sin prisas para inventar algún relato que entretenga.

Así que, en contra de lo que me apetece, tengo que dejaros hasta febrero. Para entonces espero estar de nuevo en fase creativa.

Son las de taichi

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Se presentan al entrar,
hablan al empezar,
el silencio reina
cuando comienzan a danzar.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Me animan a perseverar
Llevamos al menos dos años
¡a nosotras nos costó más!

¿Quiénes son?
Son las de taichi.

Me invitan a tomar café
me disculpo sin más.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Insisten otra vez
no puedo aceptar,
tendría que charlar
a pesar de mi enfermedad.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Me vuelven a invitar
acepto sin más
adiós a mi enfermedad.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Se sorprenden gratamente
de mi imaginación sin parar,
de mis sueños incansablemente
en mi ordenador plasmar.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Me alaban por mis relatos,
chateamos amigablemente,
están ausentes,
las tengo muy presentes,
las quiero abrazar.

¿Quienes son?
Son las de taichi

Parejas

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Fui a un instituto a dar clase, totalmente diferente a los que conocía. Llegaba tarde, pero no me importaba. El coche me había dejado tirada en medio de la carretera. Se había quedado sin gasolina en medio de un aguacero. Tuve que ir caminando hasta la próxima gasolinera y, cuando regresé, a pesar de haberme puesto la capucha y de llevar botas de Goretex, me había empapado.

Iba a trabajar como sustituta de una profesora de Matemáticas. No me importaba. Hacía tiempo que no me importaba. Me había acostumbrado a las sustituciones. Como no me pagaban el verano, pues la baja duraba hasta junio, buscaría después dar clases particulares durante las vacaciones.
Comí con algunos compañeros. Fuimos a un restaurante de comida casera que habían inagurado hace poco no muy lejos de allí. Pedimos de entrante unas berenjenas cortadas en rodajas encima de tostadas. Luego pedimos unas albóndigas que eran tan grandes como una pelota de tenis. Era suficiente una para cada uno. De postre había arroz con leche, natillas, flan y mucha variedades de fruta. Yo tomé arroz con leche que estaba delicioso.
Por la tarde, después de la copiosa comida, dimos las dos clases de la tarde. Me dirigí a mi clase y me encontré al profesor de guardia. La clase estaba vacía. Al principio me extrañó pero luego recordé que el profesor de física me la había pedido para hacer, en el laboratorio, un examen de prácticas. Regresé al departamento y dejé los libros. Ahora me daría tiempo a preparar la clase de la tarde y a empezar a preparar las del día siguiente. Busqué el libro de texto para la clase de 3º de ESO y no lo encontré. Claro, razoné se lo ha llevado a su clase el compañero que tenía clase ahora. Miré las anotaciones en mi libreta y tenía apuntados los ejercicios: eran de ecuaciones. Cerré la libreta y pensé en los sucesos de la noche anterior.

Me alojaba en un hotel mientras que no encontrara un apartamento pequeño en el cuál alojarme. Había llegado a la ciudad con una pareja de amigos que habían pedido unos días en sus trabajos para acompañarme a esta ciudad, desconocida para mí. Ninguno de los tres pensamos que fuera difícil encontrar hoteles vacíos. La ciudad era pequeña y nos dirigimos a uno de los dos hoteles que había. El más moderno. No tenían nada más que una habitación con cama de matrimonio y una suplementaria. Eran las fiestas nos dijeron. Nos miramos los tres. Ninguno quería ir al otro hotel más antiguo que estaba a la salida de la ciudad. Así que nos conformamos con dormir los tres en la misma habitación.
La primera noche mis amigos se acostaron en la cama de matrimonio y yo en la sencilla. No me quedada dormida y oía cuchicheos en la cama de al lado. Me hice la dormida. Cuando consideraron que estaba dormida hicieron el amor. A la noche siguiente me preguntó ella:
–¿Te quieres acostar con nosotros? Anímate. Verás que lo pasamos bien. Nosotros ya estamos acostumbrados a hacer “menagè á trois”.
Yo nunca lo había hecho, pero me pregunté “¿y por qué no? A lo mejor era la única oportunidad que se presentaba en mi vida?” Nos desnudamos rápidamente dejando la ropa tirada por cualquier parte. Nos fundimos en un abrazo conjunto. Nos acariciábamos lentamente. No teníamos ninguna prisa. Gozábamos de cada instante. Cuando terminamos quedamos agotados y nos sumimos en un profundo letargo.

Cuando me desperté ya era tarde. No había oído el despertador. Ellos estaban profundamente dormidos. Les garabeteé unas líneas y me fui corriendo al instituto sin desayunar. Estaría bueno que el segundo día de clase también llegase tarde. Ya lo haría a segunda hora que tenía libre. Mis compañeros me considerarían una persona poco seria si también llegaba tarde.
En mi hora libre pasé por la cafetería. Allí me encontró el conserje. Me dijo que me había llamado mi amiga cuando estaba en clase. Como le dijo que no podía ponerme, le comunicó que había muerto su madre y que tenían que regresar. Me pedían que me encargara de la cuenta del hotel y que ya harían cuentas cuando nos volviéramos a ver.

Esa noche no podía conciliar el sueño. Me puse a pensar en cómo enfocar una clase, por no pensar en lo que sucedió la noche anterior y en la forma que se habían tenido que ir mis amigos.
Pensé que iba a llevar al instituto mi moto metálica para, sin descubrirme, enseñarles que la moto volaba. Mis alumnos miraban cómo hacía circunferencias por encima de ellos en el patio. También ellos querían montar. Dejé a una alumna que lo hiciera mientras yo la seguía con la vista. De repente, oí el ruido de una pelea. Eran dos alumnas de dieciséis años que discutían, llegando a las manos, sobre que una había quitado el novio a la otra. Recorrí algunos pasos con la intención de separarlas. La alumna, a la que había sostenido en el aire con mi mirada, se estaba precipitando al suelo. Me transformé en Superman y volé a sujetar la moto. Las alumnas habían dejado de pelearse para ver el espectáculo. Todos me miraban con asombro. Ahora habían descubierto que era yo la que volaba.
En ese momento me despertó la alarma de mi móvil. Era hora de levantarse. Lo hice. Desayuné en el hotel sin dejar de tener las imágenes de la orgía del día anterior. ¿Cómo se comportarían mis amigos cuándo nos volviéramos a ver? ¿Me volverían a proponer otra vez lo mismo? Me acordaba del placer intenso que me había proporcionado mi amiga. ¿Sería yo lesbiana? Recuerdo que cuando era adolescente había tenido una relación con una que no pasó de besarnos y tocarnos los pechos. Al descubrir que se había enamorado de mí, la dejé.
Ahora había constatado que el placer que me proporcionaba mi amiga era superior al que me daba mi amigo, pero había un placer que no podía darme mi amiga. ¿Entonces soy bisexual, me pregunté? Dejé estos pensamientos, por ahora, ya que en esa ciudad tan pequeña no podía mantener ese tipo de relaciones. Me centré en mi sueño. Era una forofa de la psicología. Ya de adolescente me había leído casi todas las obras de Freud y, desde luego, la interpretación de los sueños. Según Freud, el soñar con volar significaba masturbación. Ahora los psicoanalistas modernos ya no lo interpretaban así. Te preguntan que se te viene a la mente cuando pensabas en un sueño. Yo he tenido diferentes sueños en los que volaba y para mí significan la confianza que tengo en mí misma, la seguridad que tengo en que puedo resolver cualquier problema que tenga solución.
Si sé que me gustan las mujeres, ¿por qué no voy a tener una amante? Instantáneamente, cómo si existiese el instante, pero eso es otro tema, me entró ganas de alquilar un piso inmediatamente, sin pasar la rutina de mirar varios y comparar. Me había comentado una compañera que conocía un apartamento de su barrio que había quedado vacío.
Por la tarde, llamé. Quedé con la dueña a las siete de la tarde. Era una persona joven y bastante agraciada. Se llamaba Isabel. Tendría aproximadamente mi edad. Iba vestida con pantalones vaqueros, un jersey de cuello alto, un anorak y unas botas de montaña. Enseguida congeniamos. Me contó que su madre acababa de morir, que ella vivía en un chalet, de su propiedad y de su pareja, a las afueras de la ciudad. Nos pusimos de acuerdo para instalarme allí al día siguiente.
El apartamento era pequeño. Constaba de un dormitorio grande con una cama de matrimonio, un salón con mesa de comedor, un sofá-cama de matrimonio y dos butacas, un baño y una cocina muy pequeña.
–Pasaré a cobrarte el alquiler, la luz y el gas. A mí no me cuesta nada y además, por cuatro meses, no quiero cambiar de cuenta las facturas –me dijo Isabel.
–A lo mejor, si encuentro clases particulares en julio y agosto, me quedo.
–No importa. Ya hablaremos de ello en julio.

Quedamos así. Me llamó un día para comer con ella. Yo acepté. Fuimos a un restaurante italiano cuya especialidad era la lasaña de verduras. La pedimos junto con un vino rosado también italiano de buena calidad. A partir de esta comida quedábamos muchas veces para ir al cine, para comer y para merendar. Algunas veces quedábamos frecuentemente en mi casa para merendar. Isabel traía un bizcocho hecho por ella que no tenía nada que envidiar al de las mejores pastelerías.
Charlábamos de música, de libros y de cine. También poníamos música cuando quedábamos en casa.

Un día, pasados dos meses desde que nos habíamos conocido, quedamos en ir al cine para ver “Mi encuentro con Marilou”. En un momento del metraje Isabel me cogió mi mano y la acarició. No le dije nada. Al encenderse las luces, Isabel retiró su mano y salimos a la calle. Ninguna de las dos nos referimos al incidente. Fuimos caminando la una junta a la otra en silencio. Al llegar a mi casa nos despedimos.
Cuando fuimos otra vez al cine, se repitió el acariciarme las manos y, después, me acarició suavemente mis pechos por encima de mi blusa.
Al día siguiente, apareció por mi casa hecha un mar de lágrimas. Había terminado con su novio. Me preguntó si podía quedarse allí unos días mientras no encontraba piso. La hice pasar. Le preparé una tila. La tila la calmó un poco. Empezó a contarme que había discutido con su novio porque ella no se quería acostar con él. Al decirme eso Isabel me miró fijamente a los ojos. Se aproximó a mí. Sin darnos cuenta, nuestros labios se fundieron en un prolongado beso. Isabel empezó a desabrocharme la blusa y yo hice lo mismo. Nos quitamos rápidamente el resto de la ropa y nos tumbamos en la cama. Isabel me besaba, me besaba y me besaba y yo me dejaba llevar como en una nube. Cuando alcancé el orgasmo me puse encima de ella y me extasié produciéndole placer.
Pasaron así los días y los meses. No me fui en vacaciones porque encontré dos clases particulares. En setiembre tuve que regresar a Madrid. Isabel no quería que me fuera. Decía que ella tenía bastante dinero para mantenerme. Yo no quería depender de Isabel así que me fui, no sin antes despedirme de ella prometiéndole que la escribiría y que en verano nos veríamos.
Sabía que era difícil que nos volviésemos a ver. Tenía que aclarar mis ideas acerca del cambio de vida tan brusco. ¿Era bisexual o lesbiana? ¿Mi próximo amante sería hombre o mujer?

El picor

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Ya llega
siento que se aproxima
el agua de la ducha corre
ya viene

Ya llega
ya viene
el picor

Ya viene
con sus múltiples pinchazos
solo cinco minutos
no lo recibas.

Ya llega
ya viene
el picor

Haz como si no existiera
así pasará
sin quedarse
sin agarrarse,
como una araña
atacando con saña
hasta la eternidad.

Ya llega
ya viene
el picor

Mis paraguas

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Tenía todos los paraguas rotos. Ya había pensado más de una vez en comprarme uno como aquel que regalé a mi hermana hace tiempo. Era automático con dieciséis varillas, pero lo fundamental es que sus varillas eran de plástico y aunque se doblaran, por la acción de viento, no se rompían.
Un día por fin me decidí y después de buscar en varios sitios lo compré en una tienda que vendía toda clase de complementos. Me costó caro, 29€, pero pensé que merecía la pena por tener tal maravilla y, además, era bonito.
Los primeros días que lo utilicé observé que pesaba demasiado y era más grande que los otros. No por eso me dejó de gustar.
Vivo en un piso justo al lado de Mercadona. Empecé a hacer todas las compras allí porque me resulta muy cómodo.
Un día de lluvia fui, con mi flamante paraguas, al supermercado. Por entonces no sabía que en Mercadona se utilizan unas bolsas para que el paraguas no gotee. Miré y miré y no vi paragüero. Decidí dejarlo junto al carro que previamente había encadenado metiendo la consabida moneda de cincuenta céntimos.
A la salida, justo antes de recoger mi carro, me di cuenta, ¡mi paraguas recién comprado había desaparecido! Pregunté a las cajeras. Me dijeron que no habían visto nada. ¡Claro estaban atentas a cobrar!
¿No podían haberme robado alguno roto? Después de este suceso, seguí usando los rotos. Enderecé un poco las varillas dobladas y así iba tirando hasta que una varilla se partió y el agua me iba mojando la mano con el que lo sujetaba. Para entonces ya me había pasado el enfado conmigo misma, por haber cometido la imprudencia de dejar mi nuevo paraguas sin ninguna vigilancia.
Era urgente. ¡Necesitaba otro paraguas! ¿Dónde habría una tienda dedicada solo a paraguas? No lo sabía. Así que me dirigí a la tienda en la que había comprado el anterior. ¡Ya no los vendían! Me dirigieron a bazares. Al pasar por una tienda dirigí mi mirada hacia el interior y vi algunos.
–Solo tenemos restos, vendrán más al principio de temporada –me dijo la dependienta.
Miré la poca oferta que tenía y vi uno que no me disgustó. ¡No era automático ni tenía varillas de plástico, pero al menos era de dieciséis varillas! Además estaba bien de precio, 12€.
–Si le interesa se lo dejo a 9€ porque es el único que me queda de esa clase.
Yo dije, naturalmente, que sí.
Y ahora estoy muy contenta con este nuevo paraguas que no tiene varillas de plástico ni es automático, por lo que pesa mucho menos que el otro. Eso sí, no se separa de mí. Cuando amablemente me dicen en cualquier lado que lo deje en el paragüero yo les doy las gracias, pero no lo hago. ¡Si alguien quiere que no se le moje el local, que ponga el sistema de bolsas que usa Mercadona!